CERRANDO CIRCULOS
El círculo es una figura geométrica que habita en nuestras
vidas como parte trascendental de la misma, se aloja sin permiso y sin que nos
percatemos de ello, conviviendo en cada cosa que hacemos o decimos. Todas las
civilizaciones que han habitado este planeta y las que habrán de hacerlo en el
futuro, han reverenciado y reverenciarán la aparente eternidad de nuestro astro
rey, el sol, del cual se toma su figura circular como representativa de lo
perfecto, de lo absoluto, de lo espiritual, de lo dinámico, contrapuesto al
cuadrado, símbolo de lo terrenal, de lo material y estático.
Refiriéndonos al sol
como circulo supremo, diremos de él que es el inequívoco y sempiterno
testigo de todas nuestras aventuras terrenales; dios todopoderoso en la génesis
de las civilizaciones, dador de vida, y de muerte, y por la necesidad visceral
de la trascendencia, del elevar constantemente la mirada al firmamento,
buscando, pidiendo, interrogando acerca de nuestra existencia, de nuestra
creación y motivo de estancia en éste, nuestro planeta azul.
En los primeros tiempos en forma bastante acotada, donde la
incipiente ciencia y la imaginación intercambiaban planteamientos para explicar
los misterios que se sucedían ante los ojos humanos, y hoy, gracias a los
increíbles adelantos tecnológicos, mucho más profundamente, es que cada
generación de hombres se ha inclinado a mostrarlo como un circulo, símbolo de
la suprema perfección y representativo de la unidad de lo absoluto.
En Oriente los monjes transformaron el círculo sacro, en
mandalas, círculos de meditación en cuyo interior surgen y derivan infinidad de
figuras simétricas, las que facilitan el acto de dicha actividad, idónea para
la sublimación espiritual y paz interior.
Para otras civilizaciones, como la de los indígenas
norteamericanos por ejemplo, el círculo representa el ciclo temporal, el paso
de los días, de las estaciones, los años y de hecho, cuando arman sus fuegos
rituálicos danzan entorno a él,
reverenciando lo que dicho circulo representa para ellos. Tales
prácticas obviamente, no es privativa de dichos pueblos, ya que prácticamente
todos los hombres a lo largo de la historia, han encendido hogueras para
entibiar sus cuerpos, preparar los alimentos, realizar ofrendas y dejarse
llevar por la magia de las llamas danzantes, entonando cantos o mantras a ese
dios poderoso que el circulo encierra, pero no para aprisionar, sino para
reconocerlo adecuadamente, dándole su justo sitio, el del centro del universo; un
pedazo del padre sol en la tierra.
Entre los celtas el círculo era reverenciado como un templo a
cielo abierto, poseedor de virtudes mágicas y representante de un perímetro
infranqueable. Recordemos que los druidas realizaban complejos rituales para la
consagración y apertura del circulo sagrado, sitio impoluto donde podían
recogerse en forma segura, a meditar, a conversar con sus ancestros, a
consultar a sus deidades, a conocer la voluntad de Lugh, el dios sol, y que
sólo quien o quienes lo había creado
podía acceder a él, ya que eran los únicos que conocían su entrada.
En el Islam, el círculo reúne en sí mismo, el concepto
de la máxima perfección; entre
los antiguos egipcios el círculo corona muchas veces, y así podemos apreciarlo
en los incontables muros pletóricos de jeroglíficos, a los sacerdotes de
rodillas, precedidos siempre por uno de
ellos, quien en su cabeza luce uno, por lo general coloreado de blanco o
dorado, manifestando su trascendencia, y de éste toma el cristianismo la forma
de la hostia o la representación del espíritu santo sobre la cabeza de los santos de dicho
credo.
Hay una figura mística muy utilizada por antiguas
civilizaciones y que aparece en el arcano XXI del tarot, El Mundo, y es el
Euroboros, consistente en una gran serpiente que conformando un círculo, se
alimenta, o pretende hacerlo, mordiendo su propia cola, símbolo de la
retroalimentación del conocimiento.
Transitando por pleno siglo XXI, creyéndonos superados en
muchos aspectos de nuestras vidas, mirando tantas veces con cierto desdén a
otras civilizaciones por creerlas inferiores, verlas primitivas, o por no
comprenderlas del todo; desatendiendo o ignorando la constante presencia de
este símbolo entre nosotros, nos
olvidamos que hoy día, acá mismo y en este preciso instante, hay seguramente un
grupo de hombres y mujeres modernos, reunidos en círculo para orar, para
tomarse de las manos o formar una cadena como símbolo vivo, buscando darse
fuerzas, trasmitirse energías, ayudarse espiritualmente para enfrentar diversos
desafíos por venir; reunidos en un apretado círculo de vida para compartir una
mesa, intercambiar opiniones, compartir un café, un mate, un almuerzo, para
lamentar o celebrar, o simplemente,
mirarse a los ojos, para decirse sin palabras.
El círculo debe siempre estar cerrado para considerarse tal y
así como en la simbología, en la vida, el hombre debe tratar de finalizar lo
que ha empezado, evitando lamentarlo más adelante. Cada cosa que uno empieza
debe cerrarla adecuadamente, al igual que al círculo sagrado, propiciando de
esta manera el correcto fluir de las energías que en mayor o menor cantidad,
fluyen necesariamente por cada cosa que como seres vivos emprendemos.
Todos nuestros actos en la vida, conllevan una consecuencia,
y es por ello que debemos evitar dentro de nuestras posibilidades, todos
aquellos que nos perjudiquen, que nos hagan daño innecesariamente, que nos
induzcan a la alienación y por ende, hiriendo, muchas veces de muerte, a
quienes marchan a nuestra vera; en tal sentido es que cuando hacemos algo que
nos reportará beneficios, que nos traerá paz y armonía, debemos hacerlo con
todo el amor, con todo el compromiso, con toda la dedicación que nos sea
posible a fin de poder cerrarlo en el círculo sagrado, en nuestro círculo
sagrado interior, de la mejor manera
posible, ya que ello dará también, felicidad y energías a quien va a nuestro
lado.
El hombre inicia tareas propias de la vida, y las transita
por el tiempo que crea necesario, o por el lapso que le sea permitido, hasta
que llega el momento en que esa misma vida le reclama la finalización, el
cierre, la caída del telón, y es para ello que debemos prepararnos, a fin de no
sentirnos frustrados, de no caer en el abatimiento, pudiendo como sacerdotes de
nuestro propio templo, cerrar ese círculo abierto tiempo atrás, adecuadamente,
en armonía y cubiertos por la paz que únicamente el sentimiento de una tarea
correctamente cumplida, nos permite.
La vida es nada más ni nada menos que una aventura, un
sendero a recorrer, es aquello que nos pasa mientras pensamos que hacer con
ella, según dicen algunos, y es por estas circunstancias que en forma
permanente estamos abriendo y cerrando círculos, estamos conformando espacios,
unas veces interesantes y otras no tanto, para ir transformando nuestro ser y
el entorno por donde pasamos; eso es la vida, ni más ni menos. La vida consiste
en las energías puestas al servicio de la obra para el trazado, para la geometría, para la apertura de círculos,
delineados y cerrados adecuadamente, una y otra vez, evitando la conformación
de laberintos intransitables que sólo nos lleven a la confusión.
Simplemente deseo expresar la alegría inmensa que siento, por
haber podido a esta altura de mi existencia, haber abierto muchos hermosos
círculos de fuerza; círculos amplios y poderosos que estoy seguro persistirán por
mucho tiempo entre aquellos que de una u otra manera se han visto involucrados
en ellos, agradeciendo además, a aquellos trazadores que amorosamente me han
involucrado en los suyos.
Recordemos que para cada círculo que por voluntad propia o en
contra de ella, se está cerrando, habrá un lápiz y un papel en blanco, habrá piedras y praderas, habrá pisos y columnas, dispuestos a recibir al hombre
inquieto, lleno de vida, que decida iniciar uno nuevo, cargándolo de
esperanzas, de ilusiones, de cariño por lo que vendrá y sobre todo, deseo profundamente que si ando
cerca, me incluya en él.
