SER POLICIA
Recorrí muchos caminos por la vida policial; cuarenta años de
trayecto cargados de alegrías y tristezas, pletórico de sin sabores e
incomprensiones, pero también de reconocimientos y satisfacción por la tarea
bien cumplida. – Sinceramente, hice muchos amigos, compañeros de ruta y al
mismo tiempo, muchos enemigos, siendo éstos en los que me he apoyado para tomar
impulso, tratando de ser mejor profesional y mejor persona.
Participé incontables veces de sendos procedimientos y operativos
junto a mis camaradas; traté de ser maestro de muchos de ellos y asumí también mi
postura como aprendiz, dilecto discípulo de otros tantos que aunque subalternos, con su vasta experiencia
enriquecían mi mundo profesional, granjeándome obviamente, como expresara, todo
tipo de relaciones, tanto de esas que duran para toda la vida como de las otras
que uno prefiere olvidar.
Ingresé muy joven, con apenas 18 años recién cumplidos, como
agente de 2da. Clase y me retiré de la
Fuerza con casi 60, portador de una importante jerarquía, y en todo ese periplo
me nutrí, me hice hombre, tropecé y me volví a poner en pie; incurrí en mil
errores y otro tanto de aciertos, pero sobre todo aprendí a conocer a los seres
humanos desde sus miserias más profundas, al tiempo que
aprendí de la grandeza de los hombres y
mujeres más valientes y arrojados con que la Patria pudo y puede contar.
En el duro y no siempre reconocido camino de la carrera
policial sabido es que en un momento se comparte un asado y al siguiente instante
se llora un compañero caído en la vía pública, que en un instante se está en
forma distendida participando de una charla informal y al siguiente se atiende
un accidente con varios fallecidos, un copamiento, un parto o una rapiña cruel.
La vida del POLICIA, tan denostada, tan depreciada, tan
mancillada, es por demás dinámica, difícil, áspera, delicada a la vez que
imprescindible para el libre desarrollo de la vida en comunidad.
Los policías de verdad, los profesionales comprometidos, los
que desde la primera hora hemos abrazado con el corazón está noble profesión,
aprendiendo a amarla aun en contra de los peores, no los delincuentes declarados,
nuestros naturales enemigos, sino de aquellos que erigidos en autoridades, en
seudo jefes cargados de jinetas, han hecho por depredarnos, por vernos a todos
delincuentes, simples funcionarios de fácil reemplazo, erigiéndose ellos, en
salvadores, en líderes, en iluminados dirigentes, tenemos necesariamente que
poner distancia, alejarnos para no contaminarnos, sabiendo y determinando
realmente quienes son los verdaderos policías dispuestos a ofrendar su vida, y
quienes poseen únicamente el compromiso
político de estar allí.
Para unos la Policía es un escritorio desde donde mandar,
desde donde imponer, desde donde conformar sus números para las estadísticas y
nada más que eso, para otros lo es el servicio real a la sociedad que les da el
sentido de ser y a la cual, como ya he dicho, ofrendar lo más preciado, la
propia vida.
No olvidemos que la Policía es la institución del Estado que más
muertos tiene en tiempos de paz.
Los verdaderos policías son los que hoy están llorando
amargamente la partida de Otero, el joven guardia de Granaderos, pero que no
piensan en hacer un paro en repudio, sino en redoblar energías para decir
presentes, para gritar aquí estamos, esto somos, los otros solo se limitarán a
escribir estadísticas, tratando que los números cierren mientras ven como sus grandiosos
planes se van por el drenaje.
Seguramente lo escrito es poco para lo que uno podría
expresar desde la rabia contendida, desde la frustración, desde la impotencia,
pero es lo que en parte deseo expresar para decirle a esos camaradas que siendo
más jóvenes, a esos compañeros de siempre, de cada día, que están en actividad,
que hoy deben dar la cara, que están en las trincheras, chaleco y pistola, sabiendo que no siempre se
les comprenderá y que vuestra función los llevará a caminar siempre por el
pretil, y que el único verdadero aliado con que contarán en vuestra difícil
tarea, son vuestro temple, vuestro valor, vuestra prudencia y el
profesionalismo con que ustedes y quienes los acompañan en las oscuras calles
de la ciudad, se desempeñen.
No esperen jamás, ni
por un instante la comprensión ni el auxilio de quienes ocupan un sitio en la
Fuerza por un salario, por una jerarquía, por un interés ajeno al meramente
social, cometido diferente en todo al de ustedes, gente del llano, gente del
pueblo del cual se nutre la Fuerza para sus cuadros.
Recuerden mis queridos policías, como expresara Artigas, nada debemos esperar
de nadie, más que de nosotros mismos.
Hago propicia esta misiva para saludar desde el dolor de un
viejo policía que bien sabe de llorar a sus muertos, a la familia y a los camaradas del joven
guardia Otero que dio la vida en defensa de la preservación de los derechos de
sus conciudadanos, haciendo votos para que de una vez por todas, desde las
altas esferas, se dejen de balconear, de disimular lo que realmente está
sucediendo poniendo cara de preocupados ante las cámaras, y asuman de una vez por todas las riendas de
la autoridad moral para terminar con el flagelo de la inseguridad.
J.L.R.
