EQUINOCCIO DE PRIMAVERA- CUEVA DEL FENIX
En plena Era de Acuario, Era de propuestas holísticas, de
planteamientos espirituales, de sensaciones y experiencias encontradas a este
respecto, donde el hombre pretendiendo dejar atrás la Era de Piscis, se ha
lanzado con esmero a bucear en las profundidades insondables de los laberintos
más íntimos, tratando de desentrañar
desde una nueva óptica las interrogantes referidas a la vida y a la muerte, de
los cómo y los porqué de su permanencia en esta nave sideral y que lo han
desvelado desde sus albores en ella, nos encontramos en un camino incierto, de
búsquedas no siempre bien orientadas, de búsquedas casi desesperadas por hallar
al dios perdido, a la deidad depreciada, al ávatar diluido y ya extraviado en
la oscuridad de los tiempos, donde el rito y el ritual casi han perdido
vigencia y el hombre, abrazado, inundado por la materia, hace por entender la
aparente pequeñez de su existencia y la participación que le cabe en el
concierto Universal donde pregona
tosudamente su parecido físico al dios que lo creó, pretendiendo compartir
naturaleza y destino.
Ha emprendido la
humanidad, hace ya tiempo, una marcha forzada partiendo desde su propia
estatura, dejando de lado en el avance de prisa y sin disimulo, a los dioses y
diosas de antaño, a los que les dieron fuerza y vigor, a los que les aportaron
doctrina y esperanzas, a los que les proveyeron de la luz que ellos no tenían,
a los que cargaban de alguna forma y desde la imaginación y fortaleza de cada comunidad,
por sus características y particularidades, los morrales donde se llevan las
limitaciones y las miserias humanas que
por momentos tanto nos pesan, haciéndonos ver cuán miserables podemos llegar a
ser de no esforzarnos en la superación.
De eso se trata esta reflexión, de la marcha hacia el reencuentro
con nuestros orígenes, del volver sobre los pasos que pensamos diluidos en la
senda polvorienta de un camino que por rutinario, comenzó a pasar inadvertido
bajo nuestros pies, apartándonos de esa búsqueda innata, natural del ser humano
que sabe que sin esa pequeña flama que le da vida a los silenciosos pasillos de
su templo interior, estará irremediablemente vacío, yermo, marchito.
El último vestigio de la nocturna hoguera se fue extinguiendo
a medida que la mañana avanzaba, mientras el último hilo de humo subía hasta las altas copas para
fundirse en ellas, haciéndose uno con las gruesas nubes de aquel último día de
un invierno que se despedía con una pertinaz llovizna. Desde temprano entre
mate y mate el trajín del grupo lo abarcó todo, las carpas fueron desmontadas, las
piedras fueron colocadas conformando el círculo sagrado y el laberinto central,
los pendones desplegados, el altar fue
cobrando vida a través de los frutos de la tierra, el fuego, la caracola con el
agua del bautismo y las pociones mágicas.
El aire se fue llenando de a poco de la energía de la tierra milenaria del San Antonio, la que esa mañana
se habría a nosotros, al clan del círculo sagrado, para permitirnos realizar en
su seno el ritual de Ostara, ritual de bienvenida, renovación y surgimiento por
el equinoccio de primavera.
Quienes lean estas líneas y no sean coterráneos, se
preguntarán que hacen estos hombres y mujeres en un lugar perdido de la América
del Sur, en un pequeño país con forma de
corazón, con balcón al mar, reviviendo añejos festivales celtas, y yo habré de
responderles que los ancestros llaman porque no saben de países ni fronteras, que
los antiguos druidas convocan a la reunión desde sus sitiales en las altas
frondas, desde sus míticos altares entre
las viejas piedras, y allí vamos para retomar la marcha desde donde
estemos, haciéndonos eco del ancestral
llamado. Allí le damos vida, energía y fuerzas a una ceremonia a través de la
cual procuramos encontrarnos con nosotros mismos, reavivando la hoguera de
nuestros orígenes, donde intentamos que el siglo XXI se diluya bajo nuestras
plantas para dejar aflorar al viejo humano, al de la intuición a flor de piel,
al guerrero temerario dispuesto a mirar a la cara a Caronte, al del alma
abierta a las decisiones del oráculo o las señales de la naturaleza, al que
vivía en armonía con su entorno sabiéndose parte trascendente de él;
adormeciendo por unas horas el llamado metálico del teléfono móvil, olvidando en la guantera del
auto estacionado lejos, computadoras, recibos, contratos, cheques, compromisos
y pensamientos urbanos para vivir y revivir antiguos misterios ante el llamado
a la preparación para el ritual, voceado por Mario el Blanco, parado gallardamente
entre la maleza, esgrimiendo su imponente báculo y haciendo abrir con su
palabra el corazón de los asistentes para que
comprendieran la propuesta y con la conciencia despierta se sumergieran
en ella.
Después la marcha de la columna silenciosa, expectante, trepando la empinada escalera, entre
añosos árboles y fangosas sendas, para acceder al templo a cielo abierto, circulo
sacro donde se armonizan los elementos para dar vida al rito; el fuego ardiente, y el agua viva y sempiterna, la dirección de la ceremonia por parte del druida
Josephius y las almas unidas, vivas, fortalecidas por la vieja invocación: CAMINO LA TIERRA COMO AMIGO, JAMAS COMO DUEÑO; CAMINO TU VIENTRE MADRE MÍA COMO VISITANTE, PEREGRINO, JAMÁS COMO
PROPIETARIO; NUNCA TERRATENIENTE, SIEMPRE HIJO… Durante y después, la música
suave de la Naturaleza nos transporta, nos elevan, nos
acarician.
El ritual transcurre, se desarrolla entre invocaciones,
plegarias y meditaciones; revive la esencia de lo que pensábamos perdido, los
pechos se inflaman expulsando suspiros, los ojos se cierran, las mentes se
abren, las manos unidas, atenazados dedos formando cadena entorno al círculo
mágico.
Un nuevo ritual ha quedado atrás como el equinoccio vernal,
la fiesta de Samhael, la noche de San Juan, etc.; otros vendrán según la época
y con seguridad nos hallarán aquí en esta tierra sagrada del hemisferio Sur,
pletórica de energía, bañada por el océano Atlántico y recostada a las sierras
que un hombre puso por nombre Heliópolis y la voluntad popular le asignó por
nombre Piriápolis y que de quererlo, podrán encontrar en el mapa, allí debajo
del gigante Brasil y a un lado de la extensa Argentina, latiendo, viviendo,
desbordando por sus pedregosos poros la energía buena que hace de este sitio en
la piel del planeta, uno de los mejores lugares para transformarse en
peregrinos camino de la luz y del reencuentro con uno mismo.
JOSE L. RONDAN - Josphius
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