jueves, 24 de marzo de 2016

AMANECER EN MONTEVIDEO



La luna se aferra a su pequeño espacio en el inconmensurable Universo.


No desea irse, pues aquí en la Tierra, aun hoy, los poetas suelen hablar de ella.


Por el horizonte lejano el guiño de luz de su majestad, nos dice que está próximo.


El agua mansa, las milenarias rocas, todos los elementos se confabulan para dar la bienvenida al  nuevo día.


El gigante abre sus ojos y como si observara que todo esté en su lugar, se despereza y nos da los buenos días.


El trabajo llama y desde el puerto cercano, la nave silenciosa surca las nubes, raja las olas, como si nada le importara.


Como un dedo mágico, hendido en las frías aguas; las barcarolas que van y vienen y mientras tanto, la vida que discurre.


La costa adormecida, aletargada de las primeras horas; todo es silencio, todo es susurro, mientras el día se despereza, tratando de quitarse de encima a las nubes revoltosas.


La palmera vigilante se cerciora  que al iniciar el día, aun sigan allí, asidas a las amarras, las bamboleantes barcas pescadoras.



Costa afuera, monótono arrullo de las mansas olas, faja costera tantas veces envidiada, de esta Montevideo, mi ciudad amada.



Ante el espejo quieto, el astillero Rosendo parece que se peinara para estar bonito cuando la faena empiece y allá atrás, majestuoso, el edificio del puertito, marcando su presencia, aunque al rededor la ciudad florezca en edificios de aluminio, vidrio y cemento.




Supo ser morgue, boliche y hoy  museo; viejo castillo de la pronunciada curva, quien no sabe de vos, emblema del Buceo.



Las barcas que aguardan el  momento de su baño preferido, el de hundir la nariz en las marinas crestas, para lograr después de mucho esfuerzo, retornar sonrientes, con sus panzas llenas de adormecidos peces.



Barcas pescadoras, camino del sustento para el aguerrido y humilde pescador, quien a diario se encarama en ellas, para pelearle a la vida el plato de comida que solo las viejas artes harán factible, cuando de atrapar al escurridizo pez se trate, desestimando  tanto tempestades como  vientos  o soledades prolongadas



Montevideo, al Sur del Sur, vieja ciudad portuaria, amigable e integra; crisol de razas y costumbres que suele abrir sus puertas al viajero, arropándolo con la sonrisa más cálida y el abrazo más fraterno. 
Urbe de jóvenes estudiantes y esforzados obreros, de hermosas mujeres, buena comida y manos extendidas. Tu casa cuando gustes, mi ciudad, Montevideo.

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