JOSE L. RONDAN
LA VOLUNTAD
El viento bramaba como si fuera un toro desbocado al tiempo
que chocaba con furia incontenible contra los gruesos cristales de la vieja
construcción.
Las olas encrespadas, altas, altísimas, desmadejadas, como
pocas veces las habían visto aquellos viejos lobos de mar.
El frío en su afán de mortificar a los mortales, calaba los huesos más sufridos; persistentemente
hacía por colarse por debajo de las robustas puertas del viejo edificio,
sorteando arteramente toda suerte de obstáculos que los marinos ponían en cada
hendidura por donde les parecía que habría de entrar aquel aire gélido.
Sólo el caldero humeante aportaba una cuota de esperanza al
grupo que aquella noche estaba de guardia en la base naval; el guiso estaba
casi pronto, y para ello avisaba a los comensales con un aroma exquisito que
pronto iría a visitarles para propiciarles calor y energías, al tiempo que el
cocinero, se iba erigiendo en el héroe indiscutido del recinto.
El sonido ronco del radio llamó la atención del operador
cuando aún no había llevado a la boca su primera cucharada de aquella comida
caliente, por lo que una vez que hubo respondido al desesperado pedido de
auxilio, corrió hacia el comedor avisando al jefe de la situación planteada. –
¡El Stella Maris se hunde, se hunde y lleva ocho tripulantes a bordo!…-¡Pronto
muchachos todos al bote grande!, vociferó el capitán. - ¡Marque ubicación e
indíqueles que sale ayuda en forma inmediata!
Uno de los jóvenes marinos intervino para indicarle que la
nueva y potente lancha estaba lista para
partir.
-¡No, en la lancha con motores no, acudiremos en el bote a
remos!... Aseveró con energía el viejo marino, reafirmando su aseveración.-
¡Desenganchen el bote a remos!
Teniendo una nave como la nueva Neptuno, con dos motores
Revolution HTS, de 600 Caballos cada uno,
los hombres no alcanzaban a comprender la aparentemente absurda orden de
su jefe, aunque no obstante ello, cuando menos lo pensaron ya estaban
peleándole la vida al mar embravecido, el cual tozudamente hacía por
engullirlos.
La voz ronca del capitán arengando a sus hombres para que no
desistieran en clavar una y otra vez aquellos pesados remos en las revueltas
aguas, se perdía enredada en el arremolinado viento del Este, lo que no fue
impedimento alguno para que la vieja embarcación pusiera a salvo después de una
muy dura faena, a los ocho vapuleados
tripulantes.
Ya de regreso y al amparo de las gruesas paredes, mientras
hacían por recobrar fuerzas, uno de los jóvenes marineros preguntó a su capitán el motivo de su decisión de
lanzarse a las aguas en el viejo bote a remos, a lo que éste, sin apartar
prácticamente la vista de su plato rebosante, le contestó, - La fuerza de voluntad hijo, la
fuerza de voluntad; los motores por más potentes que sean, no la poseen. Si
llegaran a fallar, ahí quedaríamos, en cambio el hombre con determinación, la
posee a raudales y ello es lo que nos permitió ir y regresar con nuestros
camaradas a salvo.
OOOOOOOOOOOO
Esta historia bien puede ser similar a mil historias donde hombres
y mujeres enfrentados a una situación dada, donde corre riesgo su vida o la de
otro ser humano, donde deben resolver con urgencia una situación determinada,
aún a costa de su propia integridad, lo hacen sin dilación, echando mano a una
reserva magnífica que poseemos los seres humanos, la voluntad, la
determinación, la firme disposición a superar un escollo que con seguridad para
otras especies, francamente marcaría el
fin de su vida.
Mientras escribo estas líneas pienso en los actos heroicos de
los cientos de pobladores civiles en medio de una guerra, en los mineros
chilenos hace unos años, y la
determinación de los ingenieros que improvisando una cápsula lograron salvarlos
de las entrañas de la tierra, en aquella madre que habiendo quedado enterrada
bajo toneladas de escombro durante un sismo, dio de beber a su bebé, de su
propia sangre, y cuando las fuerzas de rescate lograron dar con ella, aunque ya
estaba muerta, su niño, había logrado salvarse.
Pienso, mientras desgrano ideas y tecleo en mi ordenador, en
la cantidad de enfermos con diversos grados de gravedad, donde la fuerza de
voluntad y la determinación por vivir un día más, les aporta las fuerzas para
vencer tantas veces, dolencias que de otro modo les habrían causado la muerte.
La vida me ha enseñado que somos una especie muy terca, muy
dura, muy fornida, la cual a pesar de no poseer abrigos naturales, ni defensas
apropiadas, fuimos creando a través de los tiempos, las condiciones para
sobrevivir a pesar de la aparente debilidad, para superarnos ante las
adversidades, para saber ponernos en pie cuando el destino se ha esforzado por
hacernos andar de rodillas, y todo en virtud de ese elemento que anida allí, en
alguna parte del corazón, junto a otra serie de sentimientos, unos buenos y
otros malos; que transforma un instante dado trocándolo de angustia en
rebeldía, de vicisitud en fortaleza, de contratiempo en oportunidad,
permitiéndonos emerger, aunque no pocas veces muy mal trechos, victoriosos,
dándonos una segunda oportunidad.
Que importante es afrontar la vida con esa gallardía del ser
humano que se sabe dispuesto a dar batalla a esos enemigos que en distintos
tramos del sendero se nos aparecen e intentan emboscarnos, intentan reducirnos,
anularnos, alienarnos.
Eso, amigos míos se llama voluntad, determinación y rebeldía
y sin el mecanismo espiritual que logre dispararlos cuando la ocasión así lo
requiera, estaremos indeclinablemente destinados a desaparecer.
No olvidemos que detrás de la nube más densa y oscura, el
sol siempre aguarda por nosotros; que
justo cuando la noche cobra su mayor nivel de oscuridad, es cuando está cercano
el amanecer; que el agua del sufrimiento es la que riega y nutre a la
imprescindible planta de la fortaleza.
A empezar un nuevo día a pesar de lo que debamos enfrentar,
con renovados bríos y con la más firme convicción que lo que sea que se ponga
delante de nuestros pasos, será superado.
Los viejos chamanes solían decir que mientras para la gente común un problema, un escollo, una dificultad, es objeto de los designios del Creador y por ende se hacen pasibles del llanto o el agradecimiento, de la oración o la angustia por el sometimiento,

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