El viernes 24 de junio, tuvimos el alto honor de concurrir a la comarca de Heliópolis, conocida por el vulgo como Piriápolis, la tierra de Piria, el alquimista, el masón, el constructor y allí, junto a un numeroso grupo de amigos y hermanos de la vida, hoguera y rituales mediante, nos dispusimos a darle la bienvenida al Invierno.
Los portales solsticiales fueron abiertos para los convocados y con brazos extendidos, como si de una gran boca se tratara, las fuerzas tuvieron su libre pasaje de un plano al otro.
Pero como las puertas abiertas son tanto para salir como para entrar, los que tuvieron más conciencia despierta a la hora de estar, de hacer y de sentir, pudieron mirarse a la cara con esas deidades que para unos son malignas y para otros no tanto.
Tal cual ha sucedido desde la más oscura edad de los tiempos, los hombres convocados en torno a la hoguera, la que danzando decía de sus bondades, de su caridad para con los cuerpos ateridos y de su disposición como buena madre, a defender al grupo allí reunido, de las bestias salvajes y de sus más próximos enemigos humanos, brillaba nuevamente en pleno siglo XXI, mostrándonos que aunque provistos de tecnología, no somos tan diferentes a aquellos que tan solo cubrían su cuerpo con pobres pieles.
El silencio, las invocaciones, la meditación, el respeto por lo desconocido, la reunión, la tolerancia con el distinto, la paciencia, el pedido a gritos o apenas murmurado, la caminata junto al fuego y sobre él, la bebida y la comida sagradas; los druidas, los bardos, la oscuridad allende el grupo en circulo...Todo, absolutamente todo confabuló esa noche para que el awen surgiera para quedarse, para que el espíritu despierto generara la egregora imprescindible para elevarse, sentir y ser uno con aquella Naturaleza que sabiéndonos hombres, prefería protegernos, ser cómplice, a destruirnos, a dejar en evidencia nuestra pequeñez ante la asombrosa obra.
.La noche fue discurriendo entre queimada y conjuro, entre rondas, comentarios, invocaciones, llegadas y partidas y como rocas de un menhir, nosotros, los del Circulo, clavados en el lugar, conectados con la energía, mientras mudo testigo de nuestro obrar, el portentoso Pan de Azúcar, mirándolo todo, experimentándolo todo, elevado desde su negra silueta.
Poder realizar este tipo de ritual en lugar tan sacro, desgasta, extenúa, maltrata los sentidos y te deja vacío de anhelos, al tiempo que te armoniza, te eleva, te carga de energías y te vuelve más bueno, más profundo, más peregrino, con deseos incontenibles de caminar el tramo de existencia que nos ha tocado en suerte. Así de encontrados los sentimientos de quien ha tenido la posibilidad de por lo menos una vez en su vida, haber cerrado filas junto a voluntades similares, haber estrechado pechos entorno a la sagrada hoguera mientras se tejían sueños, esperanzas, e ilusiones, mirando fijo a las llamas que danzando nos decían de la vida, haber cruzado miradas con el de enfrente y con el de junto, para preguntarse el por que de esa atávica necesidad de los hombres de reunirnos frente a la crepitante luz, mientras nos permitimos el sueño largo, eterno de una Primavera que ya vendrá para asistirnos con sus olores, con su fuerza y variedad.
El solsticio tocó a su fin; los días grises, la lluvia y el frío se han instalado como para quedarse, pero sabido es que la eterna lucha de los ciclos nos colocan desde la primera hora, en el vaivén de la vital existencia y que estos rituales realizados al amparo de la noche, sigilosamente, casi en secreto, donde las fuerzas de los seres humanos se aglomeran, se organizan, se subliman, hacen que algunos portales no corran jamás sus cerrojos, que algunos portales no tengan siquiera cerradura y puedan ser abiertos y franqueados a nuestro antojo, porque de eso se trata la esperanza, la ilusión, el anhelo por la llegada de lo porvenir, de poder cuando hacemos de mil espíritus uno, transformar la más loca idea, la más dura adversidad, en una tangible realidad, porque en definitiva de eso se trata ser humano, de pelearle a la vida como sea, para decirle al Universo después de tantos milenios, que aun estamos acá y que juntos somos muy fuertes.
El amanecer en Heliópolis, seguramente ya no fue lo mismo, porque aunque el día, la tranquilidad y las cenizas de la noche anterior nos digan de lo que hubo entre los hombres de aquel clan, los espíritus renovados, hoy estarán hablando entre ellos, preparándose seguramente para estar ante las grandes puertas cuando el equinoccio de Primavera arribe a la comarca de Heliópolis, conocida por el vulgo, como Piriápolis, la tierra de Piria, la del ave Fénix y la de un clan, al que no muchos conocen.
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